miércoles, 27 de febrero de 2013

Uno.

Sobre cuatro paredes de adobe danzan las sombras. Responden a la música sutil de un aliento, se mueven al compás, todas al mismo tiempo. La vela que las parió yace en la orilla de una mesa pobremente acabada sobre la cual están extendidos caóticamente unos folios de pergamino en los que se leen más números que letras. Al hombre de denso bigote amarillento que contempla los símbolos mientras se reclina en el respaldo de su añeja silla rechinona le empieza a invadir intensamente aquella fiaca nocturna de la cual suele no poder escapar, sus ojos llorosos de tanto bostezar voltean discretamnte hacia el catre en el que lleva ya más de cuatro meses durmiendo. Efectivamente, parece que no hay marcha atrás, en este jacalucho nadie va a trabajar hasta que vuelva a salir el sol. El bigotudo toma el candelero por la base, se levanta de su silla y arrastrando los pies empieza el brevísimo trayecto hacía el puerto del que uno zarpa al mundo de los sueños. Pero -¡Oh cruel fortuna!- antes de que nuestro cansado amigo llegue a su destino, tres tremendos y tronantes golpes sacuden la puerta del recinto ¡Toooc, toooc, tooooc! -¡Neuken!- murmura el requerido, nada peor que un sueño frustrao.